lunes, 3 de junio de 2013

Cafés

Cada día es copia, cada día es ilusión reflejada en el vaho ese de la ventana. Hacer dibujos y borrarlos. Pintar sonrisas, colorear lágrimas y dejar puntos y seguido. Mezcla de soledad y calvario, de luz y oscuridad y acabar de cruces hasta el cuello. Perdón por la soledad. No puedo dejar de ser yo para ser nosotros. No es porque me quiera mucho. En verdad, no me quiero nada. Algún día pensé que podía ser grande, que pisaría montañas con un gesto. Pero ese gesto siempre se quedó en mueca. Visité lugares, escondí pasiones, viví con la visión cansada del joven inexperto y aquí he acabado. ¿Sigues? ¿Aún estás despierta?...

No te preocupes por ser parte de esta soledad. Yo no quise que vinieras, pero la corriente siempre hace su trabajo y te trajo a mi vera. ¿Para qué viniste? ¿Quién te trajo? Mejor, ¿qué te trajo? Los cafés te siguen saliendo perfectos, pero ese vaho ya no es el mismo. ¿Te acuerdas del vaho que creamos? Éramos ingenuos, pero ingenuos felices. Ahora, pasto de arrugas. Los sentimientos están cansados y, eso, nunca debería pasar. ¿Qué no ha pasado? ¿Qué hemos perdido? ¿Qué hemos dejado de ganar?

Ya no hay vuelta y lo sabes. Ya todo es pasado aunque compartamos cama y café. Viniste para quedarte pero, en verdad, sabías que era para despedirte. Y lo peor, es que no nos da pena. ¿Por qué? Porque ya no somos los de antes. Has cambiado, he cambiado, la vida ha cambiado… Pero no lloremos, la vida es esto. La felicidad no sería nada sin la tristeza. ¿Te imaginas? Siempre felices sin lloros, lágrimas, enfados, depresiones… Qué aburrido sería eso. Yo no quiero esa vida. Para disfrutar de la felicidad hay que aprender a sufrir, a quemar etapas…